Dejemos de lado las opiniones específicas. A esta altura, presentar un argumento a favor o en contra sería una pérdida del tiempo. Sería producto de una pérdida del calendario, de vivir en una burbuja, de no haberse enterado de que, bien que bien, mal que mal, las manos fueron levantadas y el resultado existe. Algunos dicen sentir orgullo; otros, vergüenza.
Quien encuentre un interlocutor que escuche, creerá que vive un sueño, que en cualquier momento sonará el despertador, esa tortura capaz de romper el instante más jugoso. Interrupciones, chicanas, argumentos innobles, mentiras, generalizaciones, discriminación, soberbia. Los ingredientes son varios. La receta, conocida. Impulsivamente amasada. Y, como sucede con las anécdotas, cada uno la hace más picante, más sabrosa.
Tanto en los medios de comunicación como en la conversación cotidiana, el intercambio terminó masivamente en pelea. No se discutió en el sentido de la palabra en inglés (discussion), es decir, no se expusieron ideas ante otros: se manifestaron las diferencias con enojo (argue).
Los múltiples temas que incluye el matrimonio entre personas del mismo sexo son de una complejidad que no podría ser detallada ni siquiera en quince páginas. Pero aquí lo que importa trasciende (sin desmerecerla) esta circunstancia. En reiteradas ocasiones, e históricamente, la sociedad argentina ha demostrado su talento natural, difícilmente superable, de polarizarse. Los extremos, que siempre son malos, se sospechan como característica constitutiva de vastos sectores. ¿Se olvidó, con el champán, el riesgo del maximalismo? ¿Se quiere jugar a River y Boca? La lección que la historia dio, ¿fue ignorada?
Durante la última dictadura militar, María Elena Walsh escribió que vivíamos en un país-jardín de infantes. En cierto sentido, en nuestras relaciones humanas de cada día, hay una enorme inmadurez. Que la adultez no tenga la rudimentaria iniciativa de oír a sus interlocutores y esperar su turno para discutir (en el sentido provechoso de la palabra) es una terquedad peligrosa. Los extremos le han costado caro a la Argentina: la sangre derramada y los pesares lo recuerdan. El diálogo serio, comprometido y respetuoso es indispensable y urgente. Antes de hablar, escuchar. Y después de escuchar, sí, argumentar y fomentar el intercambio de pensamientos. Se debe concretar el postergado egreso del jardín de infantes.
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Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males.
Buda
Por: victoria taborda el 27/07/2010
a las 22:15